En las últimas sombras del tiempo, dejó de ser mortal. Por el más allá, allá de los ojos grises, los días, los fa- roles hormigueaban... Largos, temblando, alegres, dónde la muerte, muere sóla, viviendo y caducando de huesos líquidos perfumes, taladrando siglos y tumultos. Un luz verde, emergió bajo el espeso espejo. Justo al pestañar, la cítara, la música, el susurro resba- lando por el viento, al olor del vibrar pesado. Esferas e- mocionadas, centelleantes, suspiros... Hoy, por fin había dejado de nacer, burbujeantes, las palabras no fueron necesarias. Y la mano, eterna, tibia, y sobre todo, cariñosa, alejó toda distancia. El tiempo caía por las esquinas, incómodo, perdía infi- nitos siglos, millares derretidos en un instante, un uni- verso, inverso, reverso, anverso, reproduciéndose a sí, mismo, cada segundo, primero al último al volver lo su- ficiente... Por ello la tarde quedó plena, la noche entera, lo...